jueves, 10 de mayo de 2007


Seamos francos:
quien haya pasado por los 17 años y ya haga tiempo de esto (dios mío!, qué rápida pasa la vida) podrá estar de acuerdo en que no es una época muy gloriosa y puestos a sincerarnos incluso vergonzosa de recordar.
Escapadas de casa, el hachís y el botellón, revoluciones de taberna que entre cigarro y cigarro lo llevabas a la práctica ante un grupo de antidisturbios cabreados que corrían detrás tuya con sus porras y disparando sus pelotas de goma y en el peor de los casos te recogían tus datos mientras te devolvían una mirada asesina (madre mía! estoy fichado!!!!y varias veces!!!!:antes sonaba más romántico decirlo), conciertos de punk en viejas casas okupadas que con el tiempo fueron desalojadas, Eskorbuto y Larsen (ahora los más jovenes escuchan cosas como Macaco o Canteca de Macao), algún acto vandálico contra las marquesinas de la RENFE y mil historias más.
Sin lugar a dudas lo que nunca se me borrará de la retina son aquellas locas lecturas que hice de la generación beat ( Allan Ginsberg, Jack Kerouak) mientras escuchaba las letras de Bob Dylan y el jazz de Ch.Parker y poco después el gran narradaror del asco y el odio más animal: Charles Bukowski. Eso sí que marca a cualquiera.
Pensandolo bien, no me arrepiento de todo. Al menos de esto último,no.

Ahora un cuento inacabado de esa época tan extraña. No sean muy críticos. 17 años los tiene cualquiera.

ESPEJISMO HACIA LA NADA

- ¿Dónde está la felicidad?-.

- Fuera. Fuera de estas cuatro paredes que nos encierran, fuera de esta vida a la que te he llevado… fuera de mí- exhaló Gonzalo en un derroche de clarividencia junto al frágil hilo de vida que se sostenía por las máquinas que le postraban en aquella vetusta camilla de hospital.

- Quién demonios crees eres. He perdido quince años de mi vida observando como te consumías en la miseria, robando para conseguirte la dosis necesaria para creerte persona y ahora…- gritó Lorena- me hablas como si todo lo que he luchado por ti haya sido en vano, como si mi única victoria sea este momento en el que la muerte te acecha.

- Así es. Esta es tu victoria y mi derrota- sonrió mostrando sus desdeñados dientes que junto a su grasienta melena negra le proferían una escabrosa apariencia-. Perdóname…- suspiró entre dos linfocitos T CD4 que agonizaban en la trinchera de la desesperación-.

“Sólo un latido de corazón.

Uno más…”

Corroído de odio y morfina la parca embistió hacia su pecho parándole el latido de su corazón e incrustando en el de Lorena tantas espinas como días pasó en su compañía.

**************************

El tiempo pasaba raudo como en aquellas viejas películas de los años sesenta donde el director de turno aspiraba a convencer al espectador del paso del tiempo mediante una sucesión de imágenes a una velocidad mayor de la normal. A Lorena siempre le habían hecho reír esas escenas, ora por la inocencia del director al plasmarlas en su metraje, ora por la ordinariez del espectador al creérselas. A muy pesar suyo, su sonrisa se había desvanecido de su rostro e incluso había olvidado si la muerte de Gonzalo había sido dos meses atrás o quizás dos años. Y es que el tiempo pasa muy deprisa.

De una manera casi inconsciente iba cada día a la peluquería a cortar, lavar, peinar, teñir… los harapientos cabellos de las cincuentonas que dedicaban su estancia allí para tratar los irrelevantes sucesos que habían ocurrido en la vida de sus convecinos: “el embarazo de la hija de la vecina de la calle número tres que con tan sólo quince años ya bien había sido desvirgada por un joven de la misma edad cuyo padre maltrataba a su esposa después de su salida diaria al bar de enfrente donde el camarero de éste mantenía relaciones con la panadera…”

Trece años asediada por las mismas historias pero con la diferencia de que en el pasado Gonzalo la recibía cada tarde en el parque con esa sucia sonrisa de heroinómano y sus ojos de ángel. Ahora seguía viéndole, empero, sólo en el reflejo de la fotografía de su habitación, la cual le recordaba la frase con la que se despidió: “esta es tu victoria y mi derrota”.

**************************

Se acariciaba el pelo. Mientras observaba el televisor sin ni siquiera saber el qué estaba viendo.

- Con diecisiete años era todo más sencillo. El empleo era algo aún muy lejano y sólo importaba usar protección a la hora de acostarse con un chico. Todo daba igual. Lo importante eras tú y los demás podían irse al carajo: tus padres, los amigos…todos .Pero ahora no. Cada instante cuenta y el instante pasado hace determinar al instante presente el cual te determina el futuro. Y aquí estoy con treinta y cinco años y determinada por los instantáneos errores de mi adolescencia. Nada tiene sentido. La vida, la muerte…da igual, siempre es lo mismo…sufrimiento. Sufrimiento incesante pero necesario; necesario sin saber porqué pero necesario al fin y al cabo, pues el vacío de éste provoca un retorno al mismo pero aumentado hasta el infinito. ¿Qué importa que Gonzalo esté muerto? Era su destino y éste es el mío. Y ¿qué es el destino? Tan sólo la afirmación de lo que ha acontecido, la aprobación de nuestras faltas… pero no puedo engañarme, no puedo aceptar la perdida de lo que ha sido la parte más insufrible de esta dolorosa existencia… No puedo.

El olor a lluvia hacia presagiar una fuerte tormenta estival. En la calle, los árboles hacían revolotear sus ramas al compás del viento; la noche apremiaba. Lorena, sentada en el sofá, jugueteaba con su cabello, liso, limpio como una mañana de primavera, azabache como la caverna platónica, tan vivo y muerto a la vez.

El televisor proyectaba a un Sean Penn, que condenado a Cadena Perpetua, abrazaba a una católica Susan Sarandon, instantes antes de ser liquidado por una jeringa asesina.

- Hasta el más sórdido ser de este mundo alcanza a ser abrazado en el momento de su muerte. Asesinos, prostitutas, ricos y pobres…todos reciben ese regalo como despedida. Un regalo que no entiende de moral, que no entiende de decencia ni sentimientos. Un regalo sin trampa; puro. Sólo ese gesto logra que esta existencia se colme de sentido ante la vacuidad de todo lo vivido. ¿Por qué?, ¿por qué nadie se acordó de mí? Mi vida murió en una camilla de hospital junto a Gonzalo. Él que me robó mi flor siendo una cría me abandonó en el estanque de la libertad cuando los médicos nada podían hacer por él. Esa libertad resquebrajó mi alma en mil añicos sin que nadie me diese el último regalo de mi vida. Pero, quién, ¿quién hará que resucite de esta muerte en vida?... ¿Quién?

************************

- ¿Lorena Martín?- preguntó una señorita vestida con un feo traje color beige.

Ella levantó la vista en señal de asentimiento

- Buenas tardes, en un momento le atenderá el doctor.

Aún estando allí, dispuesta pero con claros síntomas de rubor, no recordaba con nitidez la razón que le había hecho decantarse por acudir a un consultorio psicológico. Había en el aire un cierto olor a timidez o quizás miseria; siempre suelen andar cogidas de la mano.

Los pacientes, no más de tres, miraban cabizbajos las revistas que habían cogido de una mesita situada en una esquina de la sala de espera, cautelosos, a su vez, de no ser descubiertos mirando de soslayo a otro. Lorena esbozaba una sonrisa mental, pensando que la situación de estar en una sala rodeado de locos era cuanto menos graciosa, pero a la par ese pensamiento se recubría de angustia al verse como una más.

- Es su turno- la enfermera había aparecido de golpe sin que ninguno de los pacientes la hubiera oído alguno de sus pasos-. Puede pasar.

La consulta poseía un aspecto desordenado, un armario entreabierto dejaba ver una pila de libros mal ordenados, cientos de papeles esparcidos por la mesa del psicólogo. Pero muy a pesar de este caos, la habitación profería el encanto de la armonía que se respira en un verde prado y una tranquilidad que presagiaba una apacible charla.

- Buenas tardes. Mi nombre es Elías- le tendió la mano para estrechársela con una clara sonrisa que se escondía bajo aquella poblada barba en el que las canas empezaban a hacer acto de presencia.- Siéntese- dijo amablemente.

A diferencia de lo que aparecen en las películas, sobre todo en las norteamericanas, aquel asiento no era ningún sillón de cuero en el que parece que en cualquier instante se va a poner a vibrar para dar un relajante masaje. Tan sólo una silla común y una mesa que les separaba.

- Buenas tardes

- Encantado. Dígame.

-No estoy muy segura… Ni siquiera se si quiero estar aquí.

- ¿Entonces…?

- He venido por mi propio pie. Nadie sabe que estoy en esta consulta, ni mi familia, ni mis amigos…nadie. Pero si me pregunta por qué estoy aquí no sabría qué responderle.

- ¿A qué le tiene miedo?-sonrió con ironía-.

- ¿Cómo? No le entiendo. Solamente le hablaba sobre la ignorancia de la gente que me rodea ante mi localización actual. De verás que no entiendo su pregunta- dijo en un tono cercano a la ofensa.

-Discúlpeme, puede que no me haya explicado bien. Usted me decía que nadie sabía dónde se encuentra ahora. Mi pregunta sobre sus temores viene de eso mismo que ha dicho. Está claro que el no explicarle a nadie que iba a venir aquí es producto de un temor. Por ejemplo, el tener que contar la razón que la hecho venir o quizás recordar aquella misma razón. Pero para eso se ha presentado aquí, ¿no? Sino es así, perdóneme, pero no logró entender sus razones para estar aquí.

Lorena, sentada con las piernas entrecruzadas, observaba a Elías ensimismadamente. Parecía un simplón sátiro, maleducado, engreído de toda esa barata sabiduría universitaria pero aún así sus palabras la habían desconcertado, no por su complejo argumento y cuidada deducción sino por todo lo contrario. La sencillez y simplicidad de sus palabras habían conseguido solucionar la duda que tenía sobre la razón de su estancia en la consulta. No hacía falta ser un erudito ni licenciado para llevar a cabo ese escueto estudio sobre su personalidad. Ella misma sabía la razón. Solamente la escondía por temor…

- ¿Cuál es la razón por la que una persona dedica su tiempo a escuchar problemas ajenos? ¿no tiene bastante con los suyos propios?- fusiló Lorena bajo un breve estiramiento de sus labios en búsqueda de una sonrisa-. No critico su labor, entiéndame bien, ni tampoco su valía como psicólogo que es. Todo lo contrario. Es admirable pero no comprendo cómo una persona puede soportar ver tantas miserias humanas sin derrumbarse nunca por éstas.

- Nada de lo que sucede alrededor es real. Todo es un conjunto de fantasías erigidas por una mente humana sobrenatural, por llamarlo de algún modo. Los sentimientos carecen de un fundamento científico. Las alegrías, las penas… cualquier palabra que haga referencia a esos inexistentes sentimientos no es capaz de derrumbar a la verdadera naturaleza humana.- sentenció Elías ante el desconcierto de una semi-boquiabierta muchacha-. Pero dejemos al lado las conversaciones científicas y metafísicas para otro momento… Dígame, ¿qué le sucede?

- Mi pareja o un amigo, no se bien cómo definirlo, murió hace unos dos meses- explicó Lorena-. Era drogadicto. No se… no puedo olvidarlo. Todo se convierte en oscuridad, ¡todo!; cada minuto que pasa siento como si una inmensa masa de mierda aplastase mi cabeza-sollozó dejando que las primeras gotas de lágrimas comenzaran a bañar sus marchitos ojos-. No me entien…-se ahogó en las flemas que se apoderaban de su garganta-.

Callado, Elías la escrutaba tras aquellos terribles ojos verdes.- Continúe-.

- Quizás… siempre esperé que ese día en que murió llegase. Hubo momentos en los que pedía que algo me separase de él; olvidarle, saberle muerto; pero no recuerdo un instante de mi vida sin que él estuviese presente. Lo pasamos todo juntos… Nada de lo que me ocurría se lo podía esconder o eso pensaba. Me conocía a la perfección o al menos durante un tiempo fue así. A veces pienso que la culpa de su muerte fue mía pero eso no es lo que me reconcome por las noches. Sea mi culpa o no, el hecho es que está muerto y eso es lo que hace que no logre conciliar el sueño, que me vea llorando, sola, mientras me ducho…

Elías miraba de soslayo hacia la ventana, parecía perdido entre las hojas de los árboles que podía divisar tras ésta. Las hojas con un color verdoso amarillento, movíanse ligeras entre las ramas. Algunas de éstas se las llevaba el viento y otras permanecían tambaleándose sobre la rama.

Sentado en su asiento y decidido a retomar la atención sobre la muchacha que tenía enfrente, volvió a mirarla, fijamente, olvidando las hojas tras la ventana. Tenía que ser sensato y atenderla aunque cierto era la indeferencia que le producía atender a aquella mujer o a un grupo de ostras gallegas.

Debía ser una de tantas hojitas borregueras que disentían a alzar el vuelo.

- … Como le he dicho, no le puedo olvidar y eso me mata. Todos los días… igual. Está en cada paso, en cada lágrima. Siempre. ¿Me entiende?

- Sí, la entiendo. Dice que tras su muerte usted no deja de pensar en él y que eso hace más amarga su existencia, ¿no? Bien- sacudió la cabeza mientras alzaba el rostro en busca del reloj que colgaba sobre la pared de la habitación- continuaremos el próximo día. Ya es la hora.

- Muy bien… gracias. Gracias por escucharme- dijo con la voz palpitante-.

- El jueves próximo la veré, entonces. A la misma hora.

Lorena salió apresurada de la sala, tenía que recoger la ropa del tendedero. Había comenzado a chispear.

*************************

Cabizbajo sobre la gran jungla de folios plagados de notas sinsentido, Elías musitaba palabras incomprensibles incluso para él. No tenía prisa alguna en llegar a casa. Estaría sólo como de costumbre o más bien acompañado, si es que compañía se le puede llamar a un gato anoréxico y a un póster de Rita Hayworth que colgaba sobre su habitación desde que se trasladó a aquel edificio cuando se licenció.

Pocas cosas le habían ido bien, desde el punto de vista personal. Ninguna mujer se le había acercado en muchos años y aunque sexualmente estaba curado de espantos, ya poco o nada le importaba introducir sus genitales en la entrepierna de una hembra. Ese calor y jugosidad de las vaginas, esa ternura de los pechos de una mujer carecían de importancia para él. Qué importaba no usar su miembro; tenía a sus pacientes y una pluma que le ayudaba a retratar sobre papel sus ideas sobre la naturaleza, si es que se puede hablar de naturaleza respecto a los humanos. Cada nota que escribía únicamente sería leída por él, en tanto que ésta fuese recuperada bajo los escombros que poblaban su mesa de trabajo:

La soledad sólo posee algún tinte de sentido cuando ésta se convierte en la embaucadora de todo pensamiento humano, ocupando cada célula de la persona, creando mareas que suben y bajan, incesantemente, sobre la conciencia. Entonces, sí se puede hablar de soledad; mientras tanto, todo lo que se define como tal, es tan solo un espejismo de la soledad pura; un espejismo hacia la nada.

La calle seguía impregnándose de gotas de lluvia a pasos agigantados. No tenía razón alguna para salir de allí y empaparse los vaqueros, aunque mirándolo desde otro punto, tampoco había mucho que hacer en ese cuartucho. Y es que mojarse los pantalones puede ser sinónimo de enfermedad, pero el bulto que le empezaba a asomar por la entrepierna era el recuerdo de su humanidad y eso, desde luego, era mucho peor que un simple resfriado.

**************************

Los antiguos latinos escribieron grandes frases para pasar a la posteridad. Frases que la gente sigue utilizando para referirse a determinadas situaciones o hechos. Frases que mirándolo desde la objetividad han perdido todo su valor. El latín, el griego clásico, hasta el original euskera han muerto. No existen; y sus frases ya no tienen ningún valor. Mens sana in corpore sano es tan sólo una mentira con la que los maestros de educación física nos intentaban embaucar. La madurez hace que te percates de la insolente necedad de los proverbios clásicos. Ya nada es como era; mens sana in corpore sano ha variado; todo torna. Lo que fue, ya no es. Corpus sanus: mens volatis; eso es el Hoy.

La bicicleta estática del gimnasio corría a gran velocidad. Sobre su asiento, Lorena pedaleaba con más intensidad de la que sus piernas podían soportar. Tampoco eso le afectaba mucho; un par de días con unos dolores asesinos y la vida seguiría su curso.

El top que llevaba se le ajustaba a los pechos, descubriendo unos prominentes pezones, las mallas a su sudoroso coño. Siempre había sabido vestir para los determinados acontecimientos que depara el día a día.

Allí todo era perfecto: esculturales hombres tonificaban sus músculos, las viejas jubiladas se colocaban extravagantes gorros de baño para zambullirse en la piscina olímpica e intentar no ahogarse, a favor de sus grasas… Todo perfectamente justo. Cada uno estaba en el lugar donde le correspondía. Los fuertes fortaleciéndose, los débiles ahogándose.

Empapada de sudor, marchó a la zona de vestuarios; una ducha rápida para aliviar el cansancio y desprenderse de la secreción que emanaba de su cuerpo.

El agua de la alcachofa caía con gran fuerza y sus miembros eran masajeados por esa gran potencia. Gonzalo también poseía esa potencia viril que hipnotizaba a Lorena. Tiempo atrás, antes de que los picos de caballo comenzaran a ensombrecer sus brazos y su rostro, él destacaba por su escultural físico entre todos los jóvenes del barrio. Puede que hubiera llegado a ser un eminente modelo y que las más importantes pasarelas del mundo vieran sus exquisitos andares pero la realidad es bastamente distinta. El barrio no ofrecía muchas oportunidades a sus habitantes, quizás sólo para algunos que con esfuerzo escapaban de sus garras, sin embargo las salidas más frecuentes se disputaban entre los talleres de mecánica y la industria de la construcción. Nada que ver con Milán o París.

Carabanchel, barrio obrero y ruinoso por excelencia, brindaba otra cara de la moneda perfectamente visible para todos. Aún así, volcar una moneda hacia el otro lado sólo conlleva el uso de escasos músculos. Las calles pobremente pavimentadas, los endebles edificios de ladrillo, tiendas, algunos mercados tenían esa apariencia de pueblo semi-abandonado. Nada allí parecía destinado a un futuro mejor.

El 13 de febrero de 1987, Lorena y Gonzalo cumplieron un año como novios o así le gustaba a ella referirse ante sus amigas. Se conocieron en el instituto el año anterior

; él la miró y ella sonrió. Amor a primera vista, comentaban las cotorras de clase. Ese día cayó en viernes. Sólo una mente perversa haría alusión, en un caso así, al famoso psicokiller pero, pasados algunos años, Lorena compararía a la famosa saga con ese aniversario.

Las clases terminaron a eso de las dos y media. Todos los viernes el grupo de amigos de Lorena y Gonzalo se quedaban a tomar unas cervezas en el bar El Machaca, una especie de taberna de los bajos fondos de la mafiosa Sicilia. Ese día, Gonzalo estaba sólo en casa. Sus padres se habían ido a pasar el día a la sierra de Madrid. Los dos fueron allí. Eran perfectamente conscientes de lo que iba a ocurrir aquella tarde.

Él la besó nada más cerrar la puerta tras de sí, apasionada o quizás lascivamente (tampoco se pude diferenciar con exactitud ambos términos); ella, agarrándole con fuerza de los bolsillos traseros de su pantalón le arrastró hacia la cama de la habitación de los padres del muchacho. Su almeja se abría y comenzaba a gotear el amargo néctar que sus compañeros de clase y los viejos pederastas ansiaban beber como si de una fuente que concediese la vida eterna se tratase. Desgraciadamente, para los granos de pus adolescentes de sus compañeros y para las arrugadas vergas de los viejos necesitados de amor, no eran ellos los que lo iban a probar.

Violentamente se empezaron a desnudar recíprocamente. Las camisetas y el sostén. Los pezones se erguían y un escalofrío invadía los genitales de ambos. La polla de Gonzalo, erecta (y pequeña) como un bloque de hormigón, se debatía en la ansiosa búsqueda de un agujero donde introducir todas las ansiedades que le afligían su barriobajero alma.

Ya desnudos, ella, reposando su cabeza sobre sus muslos, le amarró el rabo con fuerza, llevándosela hacia su boca para lamerla mientras cogía con la zurda la mano del joven para que uno de sus dedos lo introdujese en su coño; sacando y metiéndoselo. La lengua de la chica se revolvía con ligereza sobre el glande de Gonzalo, con fuertes chupadas, comprimiendo los labios sobre su miembro. La vagina de Lorena parecía un lago a punto de desbordarse; el dedo índice del chico se deslizaba entre sus labios vaginales. Pronto, la polla de Gonzalo cambió de ubicación y se la metió.

Lorena se deslizaba sobre él. Sentía sus pelotas rebotando en su culo y sus pechos chocándose con el suyo. Las manos sobre el trasero de la muchacha, la golpeaba levemente provocando profundos suspiros. La concha se apretaba, duramente.

Gritos.

Placer.

Ella se movía rápido, saltaba, botaba; más y más; una cow girl sobre su bravo caballo.

De pronto él la sacó, la boca de Lorena se acercó y allí, sobre aquel pozo sin fondo, pintó de blanco su rostro; ella se relamía y recogía con la mano los borbotones de semen a los que no alcanzaba con su lengua.

Terminada la acción de sumisión, Lorena se tumbó boca arriba abriendo ampliamente sus piernas para que Gonzalo lamiese su vulva.

Sólo hizo falta cinco minutos para que Lorena se corriese fuertemente sobre la boca de Gonzalo.

Un profundo suspiro de goce.

Y después, el éxtasis del abrazo eterno.

Fue un placentero sueño, pensó la joven. Se sentía en un paraíso del relax.

*************************************

A eso de las ocho de la tarde marcharon al parque. Allí les esperaban sus amigos entre risas burlonas y botellas de alcohol. Las chicas se acercaron a Lorena, los chicos a Gonzalo. Era bastante evidente de donde venían y que habían hecho. Sólo exigían los detalles. Por un lado las preguntas de tipo ¿y te dolió?, por otro ¿hasta dónde se dejó? Cada subgrupo estaba dividido en dos bancos, a uno treinta metros de distancia el uno del otro. Marcada la una y cuarto de la madrugada en el reloj Casio de Lorena, se fue a acercar al otro subgrupo. En cuarto de hora debía estar de vuelta a casa, de lo contrario, su padre la molería a guantazos.

Los chicos estaban de pie, rodeando el banco. Riéndose. Seguramente, alguno de los que quedaban sentados comentaba alguna gilipollez o hacían simplemente el imbécil. Apartando y abriéndose camino entre ellos, vio que la gilipollez o imbecilidad (según decida llamarlo cada uno) era una aguja en el brazo de Gonzalo y un rostro de bufón para aumentar la carcajada de sus compadres.

Lorena salió disparada de allí, corriendo hacia su piso.

Puede que Jason de Viernes 13 no estuviera persiguiéndola para asestarla un navajazo en la espalda, pero lo cierto era que Gonzalo, en ese viernes 13 le había asestado el peor navajazo a su alma, con una jeringa cargada de heroína.

***************************

El reloj marcaba la una y media de la madrugada. Estaba por fin en casa, a salvo de toda la mierda que rodea las calles de Madrid.

Elías musitaba entre los labios una vieja canción de Los Secretos que se le había fijado a la mente durante su estancia en aquel pub de la plaza de Santa Ana. Lucía, una ex novia de su época de universitario, había vuelto a la ciudad después de varios años viviendo en León.

Según su versión de los hechos acaecidos en aquella legio VII romana, se casó, aspiró a tener hijos, busco la felicidad y, finalmente, intentó cerrar los ojos cuando encontró a su marido comiéndole el coño a una fulana en su lecho conyugal. Toda una experiencia de vida, desde luego.

Después de un par de años, sólo e incomunicado de toda relación humana, fuera del ámbito del trabajo, Elías por fin lograba entablar una conversación con alguien. No importaba tanto el quién sino el cómo, aunque mirándolo objetivamente, una mujer cuarentona y separada no era la compañía más deseada para un semi-anacoreta, pues bien es sabido que la hembra humana es insufrible cuando llega a cierta edad y no tiene la compañía de varón alguno. No obstante, el macho humano sigue unos parámetros similares al de la hembra, añadiéndose a los anteriores, el morbo por la carne virginal y, en algunos casos, la búsqueda de ciertas prácticas sadomasoquistas.

Lucía, a pesar de todo, tampoco llegaba a representar claramente esa evolución estándar que sufren las mujeres al divorciarse de sus maridos. El pelo corto y las gafas rectangulares le proferían una cierta apariencia de lesbiana mística con ciertos matices de progresismo pseudo socialista; la camiseta a rayas, ancha pero dejando entrever que sus pechos aún no se habían sometido a la ley newtoniana, se compenetraba perfectamente con esos vaqueros ya desgastados y las zapatillas, al buen estilo londines, Converse.

Profesionalmente no le había ido demasiado mal. Terminada su licenciatura en psicología, marchó hacia Barcelona a especializarse en criminología y, posteriormente, aprobó unas oposiciones con las que logró entrar en el cuerpo nacional de policía donde conoció al que acabaría desposándola. Desde una perspectiva fría y racional, su empleo como policía era harto agradable para cualquier ser humano: caminar por la calle y que todos los civiles te respeten, gracias a tu bendita pistola, es algo que muchos no pueden decir. En cambio, el uso que le daba su esposo a su pistola era bien distinto al que ella podía esperar, a diferencia de él, que bien podía pensar que su arma debía estar siempre bien guardada entre las piernas de alguna mujer. Poco después, Lucía exigió un cambio de destino a su superior más inmediato. Madrid volvería a ver sus pasos.

Las conversaciones tras años de distancia nunca son agradables pensaba Elías. Sin duda lo detestaba. A pesar de ello, volvió a aceptar una segunda cita. No importaba mucho el tema que tratasen. Seguramente continuarían conversando sobre sus vidas y el pasado en común. Algo con lo que matar el tiempo mientras se encaminaban hacia el fin de sus vidas.

No se miró mucho en el espejo antes de salir de casa. En un principio le surgió la idea de ponerse la corbata que sus padres le regalaron el pasado cumpleaños, sin embargo la idea duró poco. Unas gotas de colonia barata y una camisa de Zara entonarían a la perfección con el lugar al que iban; nada del otro mundo; un italiano de barrio que si bien trataba de tener un encanto aburguesado lo perdía todo cuando se te acercaba un camarero con la camisa mal abrochada o cuando la visualización de la carta de vinos radicaba en la visualización de tan sólo tres jodidos tipos de vino.

- Bonita camisa- dijo Lucía sentándose frente a la mesa - se nota que aún sabes vestir con encanto.

- Es una baratija. No merece la pena vestirse bien para venir a un sitio como este.

- También se nota que mantienes esa brusquedad ante cualquier situación. ¿Qué te pasa? No sabes que el respeto a una dama es inamovible- rió, irónica, en busca de un cambio de actitud de Elías-.

- Tú no eres, precisamente, lo que se llama una dama. Mírate. Además, qué cojones importa la amabilidad cuando se es sincero-su mirada reflejaba un odio pendiente de un hilo-.

- A ti nunca te ha importado nada. Eres un jodido amargado. Siempre lo has sido. Incluso cuando éramos novios. Te vitoreabas antes los compañeros de la facultad cuando explicabas tus estúpidas teorías filosóficas, creyéndote superior a cualquiera, dejándome en evidencia a la mínima de cambio. Sigues siendo el mismo engreído de siempre pero con menos pelo y más barriga.

- ¿Cómo?-soltó una carcajada- interesante teoría la tuya. ¿Cuántos años han pasado desde que acabamos la carrera? ¿diez?, ¿quince?- reía sarcásticamente- Todavía me vienes con rencores de hace más de una década. Pero, ¿quién te has creído? Después de tantos años sin saber de ti, apareces y me llamas por teléfono para que nos veamos. Me cuentas que tu marido te ha dejado por un chocho más joven e intentas que te consuele y con suerte te lleve a mi casa y te folle toda la noche para así saciar tu sed de sexo. Tan sólo eres una puta solitaria que necesita una polla que llevarse a la boca. Así que no me vengas con gilipolleces sobre si yo soy o dejo de ser de una forma u otra. Mírate al espejo y verás que no eres mucho mejor que yo, ¡puta!

El camarero, cercano a la mesa, agudizaba el oído para así descubrir de qué hablaban y ver si era factible el acercarse a esa mesa que zozobraba de resentimientos.

- Tráigame un Martini con lima- alzó la voz Lucía-.

- Otro para mí también

- Así que era eso, ¿no? Eso es lo que pensabas que intentaba hacer. Quedar contigo y después echar un polvo de una noche y ya está. ¡Eres increíble! Parece que no me hayas conocido. Nunca he buscado eso en nadie. Siempre he sido afable contigo y tú… tú siempre igual de estúpido. ¿No te das cuenta? Todavía me importas. Aún pienso en ti. El tiempo ha pasado y continúo recordándote cada día. En cambio, tú, jodido amargado, piensas que la gente que te rodea es tan solo una marioneta, algo manejable y predecible… No tenía que haber venido…pensé que habrías cambiado pero…

- ¿Cómo?-intentó buscar la sonrisa pero no la encontró- Mira, perdona. No te debí hablar en ese tono. Ha pasado mucho tiempo, no tengo muchos amigos…

- No tienes ninguno.

- Vale, ninguno- la duda o quién sabe el que, acechaban a Elías. Hacia tiempo que nadie le atacaba de tal forma. Siempre duro ante cualquier situación y ahora una mujer le desmoronaba su gran castillo de palillos. Ella podía haberse pasado toda la noche insultándole, arremetiendo contra él y ningún palillo se habría ni siquiera tambaleado pero esto era distinto. La puñalada que le había asestado no era nada que pudiera haber esperado-.

- ¿No dices nada? ¿Te has quedado mudo…?

- Perdona, será mejor que me vaya. Llámame, hablaremos otro día. Ahora…tengo cosas que hacer. Adiós.

Marzo de 2003



2 comentarios:

Ohkan dijo...

Esto... sí, yo también he tenido 17 años, pero... creo que no han sido como los tuyos, la verdad :S
¡Qué miedo me das!

El cuento no me lo he leído, pero prometo hacerlo. Ya te comentaré qué me parece...

Ohkan dijo...

Ya me he leído el cuento.
Muy en tu linea. Con cierto toque pornográfico. Me gusta. xD

¿Lo escribiste en 2003? ¡Qué tiempos aquellos! Mis 15 años. Mi instituto y su gente. Mi 3º de la ESO...
¡NI DE COÑA VOLVERÍA AL 2003!

bendita adolescencia... ¬¬