Para ti, maldito bastardo. Para ti, que me sonríes aún estando muerto.Mosaico de una muchacha de rostro pálido
Cuando resucité de aquel letargo mi lecho sentíase henchido de sudores; mis pies, desnudos, se posaron sobre la alfombra de aquella execrable habitación dirigiéndose hacia una añeja ventana que tiritaba de terror. Observando a través de ella, a través de la nebulosa que embriagaba aquella nonada mañana… la vi… desorganizando la parquedad que pertinazmente había logrado con el transcurso de los años.
Ataviada con un largo manto negro, caminaba meditabunda; la galena aullaba de furia; y yo, con mi mezquino atuendo, rebosando lágrimas en mi alma, loco, muerto, eufórico…sangrando tristezas, salí a su búsqueda.
Logré aprehenderla del brazo izquierdo y… lentamente… muy lentamente… como si el temor de una arcana alevosía llamara a su puerta… se giró, dándose la vuelta. Mi funesta mirada se tropezó con la suya; sus ojos, grises azulados, ajaron mi alma de una sola cuchillada, haciéndome recordar la ignominia de mi pasado; su efigie reflejaba la palidez que incluso en su juventud había poblado toda su dermis… una palidez que mostraba que aún seguía teniendo el rostro más tétrico de la ciudad.
- No hay nada de lo que arrepentirse, mi amor- dijo, suavemente, como una diminuta ventisca que acariciaba mis labios- El tiempo cubre de escarcha los antiguos errores. Ya todo carece de importancia. Volvemos a encontrarnos. Solos. Tú y yo.
Iracundo frente a ella, sus ojos continuaban arrasando los míos, abatiéndome, enterrándome en la más absoluta pusilanimidad. Mis cuerdas vocales se resquebrajaron ante sus palabras, la imposibilidad de su presencia derrumbaba toda probabilidad de sosiego.
Su piel, pálida, guardaba todavía aquellos años de la “vie Bohème” que compartimos en las aceras del arcaico Londres. ¡Dios! por qué ahora… ahora que la había olvidado… ahora que mi amor hacia ella se había eclipsado… por qué ahora vuelve, extirpándome el corazón, de nuevo, para hacerlo suyo.
Una sequedad interna colmaba mi ser y así, silencioso e inconsciente de todos mis actos, tomé su mano y comenzamos a caminar… Las calles y las horas corrían velozmente tras nuestros pasos mientras nuestros pensamientos se clavaban en las losas del suelo londines.
El crepúsculo sucumbió, noqueándonos sobre una estigia calzada donde sentados, el vino, comprado en una añeja taberna, corrompía nuestras gargantas y allí… allí… absortó y tiznado por el alcohol, mi mano se deslizó entre sus piernas, sinuosamente, mis labios descansaron sobre sus pechos, violentamente, y así… extasiados por la lujuria y por la impúdica libertad que produce la embriaguez, me observé arrancándole su incólume flor.
Vencidos y deshidratados por nuestra sexualidad, tendidos, desalmados, el sueño, enfurecido, triunfó.
Sólo recuerdo que mis sueños eran invadidos por extrañas formas carentes de significación. Fuertes colores, rojos cobrizos…mil tonalidades rojizas. Todo era rojo.
Finalmente y empapado de sudor, un día más como tantos, desperté. El amanecer poseía un cierto símil con el día anterior, teñida de un densa capa de niebla; la calle exhalaba un tartáreo hedor que me producían unas nauseas agonizantes. Sintiéndome desposeído de este mísero mundo decidí o quizás fue un acto reflejo, quien sabe, mirar de soslayo a mi amada… Había desaparecido. Su cuerpo se había desvanecido, sus labios, su vientre, todo… tan sólo algo que no recordaba se sostenía sobre el suelo…
¡Ay! se que me tomaran por loco pero allí tendido lo único que se encontraba era un esqueleto, el cual era el verdadero artífice de aquel pérfido olor. Cerré los ojos, creyendo que todo era una trágica pesadilla. Los cerré más y más fuerte. Retomé la acción de abrirlos y volví a mirar… el cadáver putrefacto seguía a mi lado… volví a cerrar los ojos y entonces recordé, espantado por mi mismo, que allí yacía el cuerpo de mi prometida, esquelético, cadavérico, ruin…
¡Ah! No entiendo porque les dije que me tomarían por loco cuando lo cierto es que tan sólo un verdadero loco, como yo, volvería a buscar el cadáver de una mujer que depositó, diez años atrás, en una obscura callejuela del fatal Londres.